El pasado 18 de septiembre, fui a desayunar a la Residencia de Nuestra Señora de Fátima, para celebrar con los mayores que allí residen las fiestas de Molina. El título de este artículo me lo dictó mi amiga Carmen, ya mayor, que me saludó con esas palabras. Palabras que no necesitan mucha explicación, porque son claras. Es imposible definir mejor y con menos vocablos esa sensación de que nos dejamos arrastrar por las cosas que no valen la pena y que a ellas entregamos muchas energías dignas de mejor causa.
Por ejemplo a la causa de ser feliz. Poder ser feliz. Algo más que un deseo intenso cuando uno ha arrancado con creces más de la mitad de las hojas de su calendario y alcanza a comprender que, inexplicablemente, ha dejado de buscar la felicidad por seguir aspiraciones dictadas desde fuera y no escuchar la voz interior que nos anima a poner nuestra complacencia en las cosas que nos dan la paz.
Pero no hubo sólo melancolía en esa ocasión. También sentí la emoción de ver a esas mujeres que aparecen en las fotos de Loli Palazón, trabajadora social, y que entregan su vida a esas personas mayores que las necesitan, en una actitud generosa que únicamente el amor puede explicar. Grandes mujeres, personas especiales, que dan ejemplo de compromiso y que son capaces de conseguir que la vida pueda ser mejor para todos los que tienen la suerte de compartir su espacio vital.