Ha muerto Juan Martínez Riquelme. No sé que tiene el mes de agosto, pero el caso es que el destino ha querido que coincida con la desaparición de mis seres más queridos. Me invade esa sensación de pérdida que quiero compensar con mi recuerdo. Es eso de que, de alguna forma, el hueco físico que dejan los seres queridos lo compensamos con la memoria que los mantiene vivos entre nosotros. Bien está, si eso nos consuela, pero no es lo mismo.
Juan Martínez Riquelme me ha acompañado durante mis treinta años de dedicación a la política. Fue allá por el inicio de los ochenta una de las personas que influyó, el que más, en mi designación como candidato a la Alcaldía y desde entonces hemos tenido una relación que ha trascendido de la más hermosa amistad hasta un cariño que es fácil tener con gente como Juan. Un perfecto caballero, incapaz del aprovechamiento propio y que solo ha utilizado su amistad conmigo para influir en las cosas justas, a lo que hay que añadir una confianza ciega en cualquiera de mis actuaciones. Y mira que hemos discutido. Nunca agradeceré bastante su lealtad, porque Juan ha sido de esas personas que han hablado por mí cuando ha sido preciso hacerlo. Y eso ha sucedido más de una vez en una vida política que no es precisamente corta.
Pero hay más cosas y más importantes que justifican el elogio de la memoria de Juan Martínez Riquelme que pretendo hacer. Su trayectoria como la de tantos otros, que hicieron que Molina iniciara su gran transformación en la segunda mitad del pasado siglo, merece que hoy reconozcamos su esfuerzo para legarnos una ciudad bastante mejor de la que ellos encontraron. Eso es lo que pretendo hacer con estas palabras. Su iniciativa empresarial en el sector la conserva vegetal en Molina, en una época en la que estaba casi todo por hacer, en la que florecieron grandes iniciativas empresariales que son difíciles de entender en estos tiempos, en los que todo se mide y queda poco espacio para la imaginación. Además de todo eso, en Juan cuenta su gran corazón, del que son testigos muchas personas a las que siempre abrió sus puertas y ayudó en tiempos difíciles. Muchas son las anécdotas sobre Juan, que he oído contar y en las que se revela siempre el interés humano y social por encima de cualquier otro. Algo propio de un ser superior. De alguien como Juan, protagonista de una época en la que palabras como Twist, Espartaco, La Molinera, Santa Bárbara, Gladiador, Prieto, Vimar, podían significar casi un estilo de vida. Descansa en paz, amigo.